UN MIRÓN DESESPERADO

Dime pues, quién se atrevió a tocarte, pura más que diosa primavera. Joven e inocente, maestra de mi persona. ¿Quién es digno de marcar tus pasos en esta tierra, tu leyenda? ¿Quién rompió lo nuestro, amiga primavera?

Cambiaron ya el corazón de los caminos, llevándoselo lejos pero muy lejos del mío, flor de toda la tierra, reina de mi destino.

Y ya no es igual que antes ni tu blancura, ni tu modestia ni tus voluptuosos campos, ni tu extraña naturaleza. No ondean entre el viento, mi persona, tus rubios trigales, y dos mariposas negras vagan por esos jastiales, aquellos que no viste, aquellos que no vio nadie. Pronto vendría el verano y a los campos los segadores, se han quedado grabadas sus angustias sudores, y sus canciones, entre dientes aún las escucho. ¿Oyes? Míralas, escenario de mi muerte.

Llegó el otoño, tierra mía tiñendo de amarillo tus senderos, los pocos que existían, bajé hasta tu suelo para ver si los barría, era extraña la mirada de tus árboles a los que antes tanto quería, miraban todos al cielo, como para ver si algo caía con sus brazos estirados, aunque con la misma canción, aquella de todos los días, ¿te acuerdas rosa mía?

Hielo veo en tus campos, gris la lejana esperanza, todo en silencio siento, el cabalgar de tu alma, hacia otros mundos muy lejos y en tu cintura colgadas, tus blancas armas y fuego de aquella boca rosada.

Y yo vacío me quedo, mirando a las mañanas con una pequeña ilusión, sin más compañía que mi alma, veo cómo giras tatuada por mi espada, con la que tantas veces defendí la tierra de mis batallas. Rota hoy y con mil muescas guardada la tengo bajo mi almohada, adiós tierra blanca, pequeña cancioncilla dorada, adiós mi pobre camino, adiós lucero de la mañana.

                                                   J. Almena