Juan,

cada pájaro tiene su leyenda. El gorrión, mensajero del GAF; el azulejo, cantor de los espíritus; el cuervo... El cuervo, negro y feo, es el responsable de la luz de la tierra... En aquel tiempo, la tierra era oscura, sólo había sombras y tristeza; el cuervo voló hacia la montaña y sólo puedo ver oscuridad. La gran bola de luz se encontraba en la concha de un gran jefe egoísta. El cuervo voló hacia el río y se transformó en una aguja de pino, ligera, tranquila en la superficie del agua...

La hija del jefe egoísta se detuvo a mirar su reflejo, sumergió sus manos y bebió de aquel río. La aguja de pino se deslizó por su garganta y llegó hasta su vientre donde se clavó al igual que la semilla en la tierra. Ara, la hija del jefe, dio a luz un niño rubio, del color de la miel y del centeno.

Cuando creció, el hijo de Ara pidió a su abuelo el gran jefe la bola de luz que había en la concha. Este se negó y el niño de color de la miel comenzó a llorar y vino la tormenta y el frío. El gran jefe, conmovido, dio a su nieto la gran bola de luz para que jugase con ella; el niño de color de la miel la cogió entre sus manos y ocurrió que su pecho se abrió y apareció el cuervo negro.

El cuervo tomó la bola de luz en su pico y voló alto, muy alto; más alto que los árboles, más alto que las montañas, más alto que las estrellas y que las constelaciones. Cuando no pudo volar más soltó la bola de luz y murió abrasado. Sus plumas todavía son mecidas por el viento que azota los campos de centeno...