POLA TERRA   ADIANTE

Un viaje por el Camino de Santiago y A Costa da Morte


 
 
 
 

"Que tengan feliz viaje"



Es una campesina quien nos lo dice, con sus botas de goma y su pareja de vacas a la vera del camino. Es impresionante la amabilidad de esta gente con los peregrinos y la dulzura de su lengua.

Vamos hacia Palas de Rei, y es el segundo día de camino. Ayer, entre Sarria y Portomarín, atravesamos una zona virgen: docenas de aldeas pero ni una tienda, ni un bar en ellas. Apenas coches. Nos sentíamos peregrinos medievales de verdad.

El día de Portomarín dormimos en el albergue municipal pero después hemos ido a nuestro aire, con la tienda de campaña. Es demasiado contraste la serenidad del día en el camino con el bullicio de los refugios por la noche. Además, queremos desvincular nuestro viaje de la oficialidad-cristianidad del Camino. Somos anarcoperegrinos.

Los primeros días hicimos ruta casi al compás que otros grupos. Al final nos quedamos solos y los echábamos de menos. Había un señor cuarentón y peculiar que trabajaba en CaixaVigo y que se había unido a un grupo de jóvenes cristianitas de León. El contraste no podía ser más chocante. Luego había dos chicas belgas a las que conocimos junto a una fuente mientras se fotografiaban, emocionadas, al lado de unas vacas que fueron a beber. En sucesivos días, a cada encuentro las veíamos más apagadas. Suponemos que llegarían a Santiago.

La provincia de A Coruña es más rica que Lugo, pero también se ven más chalets y eucaliptos. En el primer pueblo una señora nos habla de lo olvidado que tienen el campo los gobernantes, y de que le gustaría ir hasta Santiago, pero por los animales no puede.

A la salida del pueblo otro señor nos invita a que nos quedemos a la sombra pero queremos llegar a Melide para comer.
 


 
 

 
 
 
"Circulen, por favor"


Al llegar a Santiago no tuvimos la sensación de llegar a ningún sitio. Santiago es un chiringuito, un alto en el camino, una Expo que montaron los curas para apropiarse-explotar el camino más antiguo, el que llega al mar.

Santiago está lleno de maderos. De todos los colores: los nazionales, los municipales (con gorra hombre-de-Harrelson), los juraos que tienen tomado el Obradoiro y que vigilan -oh sacrilegio- el interior del templo. Precisamente uno de éstos   nos conminó a mover el culo con la amable frase que encabeza este capítulo. Cuando le pregunté la razón de tan insólita orden -sobre todo dirigida a peregrinos, cuyo principal oficio es circular-,  respondió con un  "porque lo digo yo", razón por completo falaz y que habría sometido a discusión en aquel mismo instante si el individuo en cuestión no gozara de todo un arsenal de argumentos secundarios colgados de su cinturón.

Santiago es bonito, pero lo afean esos matones que quieren, como en las películas yanquis, limpiar la ciudad. Hace tres años y por este mes asistí al siguiente episodio: en una esquina un grupo de personas interpretaban maravillosamente música celta. En esto que llegan dos munipas y les invitan con amabilidad característica a tomar vientos. Pero, oh sorpresa, los músicos no se arredran y siguen tocando. La gente entonces corea la música con las palmas. Los munis se sienten menoscabados en su autoridad y echan mano de walki. En un abrir y cerrar de ojos aparecen dos coches patrulla con más munis, pero éstos con botas y boina a lo GEO. Los músicos se resisten y la cosa acaba a empujones y en comisaría, y por poco se llevan también a un espectador que, como dicen ellos, se les puso chulo.
 
 

Fisterra


Aquí sí acaba el Camino. Aunque el viaje desde Santiago lo hacemos en autobús, la sensación es evidente. El mar se despliega por todos lados como una flor azul.

La llegada, sin embargo, no pudo ser más desoladora: lloviendo a mares toda la tarde, sin visibilidad ninguna, el autobús nos deja en un pueblo donde el problema más acuciante va a ser la acampada, pues sólo se ve monte empinado por todos sitios. Tras muchas peripecias y con los pies empapados, estamos montando la tienda cuando escampa. Y, oh sorpresa, los puntos cardinales están cambiados,  y el sol se está poniendo por el este, tierra adentro. Bueno, claro que no es eso, es que Fisterra está en una península mirando hacia la costa, y con la lluvia lo que era la bahía interior  parecía mar abierto...

Al día siguiente subimos al cabo donde, cuentan los clásicos,  el general romano se cagó de miedo viendo el sol hundirse en el mar. "Hasta aquí hemos llegao", pensaría sin duda, molesto en realidad por no poder ampliar más el Imperio.

A mediodía, bajando hacia la playa por la parte externa de la península, trabamos conocimiento con los tojos  y los zarzales. Carmen conoce su primer porrazo de la excursión, con mochila incluida.
 
 

Costa da Morte


Por la tarde, pese a los consejos en contra de la chavalita del bar, que "por allí sólo hay vacas y monte, os vais a aburrir",  enfilamos hacia Buxán. Acampamos junto a la Praia do Rostro, en medio de un incendiario atardecer. A medida que va oscureciendo siento con más y más fuerza la presencia de los canchos a flor de tierra. Los siento como seres milenarios y pienso en esos lugares donde aflora la fuerza telúrica y donde los antiguos, menos tontos de lo que creemos, edificaron los cromlechs. No le digo nada a Carmen,  pero esa noche me duermo en el más extraño estado de ánimo que se pueda imaginar. No se volverá a repetir esa sensación en lo que queda de viaje.

Al día siguiente el problema será la comida, porque por las aldeas que pasamos no hay tiendas, ni tampoco agua corriente. Por contraste, los cochazos de los emigrantes en Suiza cruzando estos pueblos perdidos en el pasado. Y pienso en la noción de tercermundo: no se trata tanto de países que son pobres sino que hacen caricatura de los países ricos, con el contraste como norma. Como aquí.

En Lires realizamos dos hazañas: la primera, caminar 7 km. para comprar comida. La segunda, salir del pueblo. Porque el primer intento resulta infructuoso: una piscifactoría tapona el camino natural hacia la costa, cruzando el río. Después de entrañable conversación con los zarzales, de descalzarse para vadear un regato de aguas residuales -¡qué peste y qué asco!- y de retroceder hasta el pueblo, una señora nos informa que para llegar a Neminha la única forma es cruzar la ría. Más adelante nos dicen que apresuremos, que la marea está subiendo. Por el sitio más estrechos -unos 30 metros- Juanma empieza a cruzar. La corriente hacia dentro es muy fuerte, cuesta mantener el equilibrio y la mochila no hace sino empeorar las cosas. Creo que el palo de caminante salvó la situación. Cuando el agua me llegaba a la cintura y empezaba a acojonarme, comencé a ganar la otra orilla.

A todo esto Carmen me miraba al otro extremo de la ría con cara de decir: "Esta noche uno a cada lado". Evidentemente, si ella cruzaba se le empaparía la mochila. Le digo que la deje y cruce. Vuelvo y cargo yo con su mochila. Aunque todo el episodio ha ocurrido en cinco minutos, el agua me llega treinta centímetros más arriba que la primera vez.

Luego, y ya caminando por una hermosísima playa, tenemos la sensación de haber cruzado al menos el Amazonas y, como ocurre siempre en situaciones comprometidas,  de haber vuelto a nacer.

Pasado Neminha, acampamos al abrigo de un pinar. Como siempre, in extremis, a punto ya de oscurecer.

Al día siguiente -Tourinhan, Muxía, Merexo- una caminata de 26 km. nos deja hechos polvo y en el camping de Lago. Aquí estaremos cuatro días.

Por fin localizamos a Aurora, que vive en Sendón  (17 casas).  Sendón cae  unos dos kilómetros tierra adentro. Desde allí se oye el  tronar de las olas en los temporales de invierno. Aurora fue alumna mía este año, y será ella quien nos traiga y nos lleve por la zona. Nos enseñará A pedra dos Cadris, la cual, si pasas bajo ella, te sana os cadris (los riñones) y A pedra Abaladoira (la piedra que baila), que en la Edad Media se utilizaba como Juicio de Dios. Estando nosotros allí un grupo de personas la hizo oscilar rítmicamente. Al  chocar con las decenas de toneladas de granito sobre las que se apoyaba producía un sonido que no puedo explicar, que habla a la larga cadena de existencias y de antepasados remotos que me han precedido y dejado huella en mi subconsciente. Era un sonido que recordaba a la txalaparta vasca: hondo, telúrico, hecho de carne y de tiempo.

De golpe y sin palabras comprendí el culto a las piedras. En esta Galicia meiga, cuando veo con qué rapidez entiendo y experimento las religiones naturales creo que es por eso, porque son naturales, y que los monoteísmos posteriores y la religión de la ciencia de los últimos tres o cuatro siglos no son sino un barniz que apenas puede ocultar estos otros ritos y creencias que resuenan en mí desde decenas de miles de años.

Durante estos días vivimos como en otro planeta. Sin embargo, el mundo real estaba allí: por breves ojeadas al tótem electrónico nos dimos cuenta de la que nos estábamos librando: liturgia y deporte, la exaltación españolista de los JJOO infestando a todas horas los canales informativos convocaba a la histeria general por las medallas conseguidas con sudor. Histeria, como si por cada una nos bajasen un punto el IRPF.

Y la Expo de Sevilla, claro.

Pero todo eso nos cae ahora muy lejos. En cambio, Muxía y Camarinhas distan por mar unos cuatro kilómetros. Pero bordeando la bahía son veintisiete. Ambos pueblos son muy diferentes. La aldea de Aurora cae en el término municipal de Muxía y por eso le caen mal os muxians (pescos, por mal nombre). Sin embargo, nosotros el ambiente más enrarecido lo experimentamos en Camarinhas.

Romería en el mar

 
Muxía y Camarinhas, como buenos vecinos, se odian cordialmente y sólo se reconcilian con motivo de las procesiones marítimas de la Virxe do Carme; dos,  una organizada por cada pueblo en el mes de julio pero en fechas distintas. Nosotros hemos pillado la de Muxía.

A Santinha (Nossa Senhora da Barca) es trasladada al barco designado por sorteo, el mismo en el que van las autoridades y hasta la banda municipal. Se recorre la bahía en el sentido de las agujas del reloj. Mientras vamos hacia mar abierto me mareo muchísimo. Un marinero del barco en el que vamos y que al parecer equilibra automáticamente su cuerpo ante los vaivenes de la embarcación se sonríe ante nuestros apuros: ìPero si hoy está el mar muy tranquilo.î

La primera parada  es en la punta da Barca (lugar peligrosísimo, lleno de arrecifes, donde no se atreven a acercarse los de Camarinhas, pero sí los de Muxía, que la conocen bien). Luego vienen los diferentes pueblos, donde se nos saluda con cohetes: Camarinhas -donde los jóvenes de nuestro barco entran cantando canciones alusivas-, Leis, Lago, Merexo ("O mais fogueteiro", al decir de Aurora), Os Muiños...

Jamás vi tanta alegría sobre el mar. Barcos de veinte a treinta metros, en los que esta gente se gana tan peligrosamente el pan, aparecen engalanados con banderolas multicolores -estanquera incluida- y ramas de no sé qué árbol. En O Farelo bailan la muñeira a bordo. Grupos de adolescentes se saludan de un barco a otro. En el nuestro hacen sonar una enorme caracola marina... Inevitable el recuerdo de los vikingos.

Al final de la fiesta todos corriendo a Muxía, a ver quién pilla muelle.

De la playa de Lago a Camarinhas no habrá en linea recta 2,5 km. (el abuelo de Aurora cruzaba a nado), pero por carretera hay 19. Cereixo, Ponte do Porto, Xabieriña... Al final, desesperados, decidimos cortar por lo sano y cruzar la ría, aprovechando la marea baja.

¡Nunca lo hubiésemos hecho! Hasta el pequeño arroyo del centro, sin problema, aunque hubo que descalzarse. Pero después, medio metro de fango. Yo salí como pude, pero Carmen -más o menos el mismo peso, pero con los pies más pequeños- no podía. Lo peor era que no podía ayudarla, porque si tiraba de ella me hundía.

Al final de rodillas, a cuatro patas, hundida con cieno maloliente hasta los ojos, llegó a tierra firme. En la vida tan guarros.
 
 

Una por Cuba


Fidel Castro está en Galicia. En Cararinhas tomando café asistimos a un dúo surrealista, al menos en esa época: los discursos de Fraga y de Fidel. La prensa, fiel a directrices, hace la vida imposible a este último. Si averiguasen que tiene almorranas, lo presentarían como un fracaso de la revolución. Como Fraga ha presionado al Comandante para que suelte a chorizos comunes encarcelados, las Juntas Galegas Pola Amnistía solicitarán a Fidel que haga otro tanto con  Fraga, para que consiga la reagrupación de los presos independentistas en Galicia:

"...as JUGA perguntanse porque Fraga non ten consideración por estes presos e si polos recluídos en Cuba, e pensan pór en coñecimiento de Fidel Castro estas circunstáncias, para que, agora, a intercesión sexa ao revés:"

Por esos mismos días, durante un acto anti-Castro en Compostela, la mitad del público (compuesto por 40 personas) prorrumpió en aplausos cuando uno de los oradores reproducía unas palabras de Fidel sobre Cuba y la revolución:

"O acto rematou entre berros dun e outro signo e coa marcha apresuradas dos ìmarielitosî casa o avión, mentres un deles, visibelmente alterado, afirmaba: ìnem no exílio se pode falar".
 
 

Niebla y explosivos


Al día siguiente, cargados hasta los topes de agua y comida, salimos de Camarinhas. Subimos hasta el faro de Cabo Vilam.  Al lado hay  un  parque eólico propiedad de FENOSA. Incomprensiblemente, parece desaprovechado   -sólo una tercera parte de las turbinas se movía, y no precisamente porque no hiciera viento. Parecía un monumento al desprecio que esta civilización tiene por el sol, el viento y el mar, energías infinitas e inagotables.

A la hora de comer cae la niebla a una velocidad vertiginosa. Ya no levantará en todo el día. Seguimos por una pista de tierra que bordea la costa. Cuando acampamos, la visibilidad no alcanza más de cincuenta metros. Las bocinas del faro, arropado por la niebla, suenan lúgubremente.

Esta noche dormimos seguros de que con semejante niebla nadie podría encontrar la tienda.

A la mañana siguiente empieza a despejarse a eso de las once. Conforme se desvela el paisaje aparece una costa rocosa, desconocida, sacada del origen de los tiempos. En cambio, cuando retomamos el camino comprobamos algo que ya sospechamos el día anterior: La presencia de compresores y el ensanchamiento de la pista hablan claro: van a construir una carretera. La evidencia queda dramáticamente demostrada unos kilómetros más allá con una explosión enorme y cercana. Seguimos caminando con el temor de que nos lluevan rocas o salte la tierra bajo nuestros pies, hasta que nos encontramos con una cuadrilla de obreros y obreras que introducen en agujeros practicados en la roca de la cuneta lo que parecen gruesas velas envueltas en papel. Por una caja de embalaje veo de qué se trata: GOMA-2.

Cien metros más allá la escena nos recuerda a películas de guerra, cuando bombardean las rutas de transporte perdidas entre las montañas. Roca milenaria despedazada, pulverizada, modificada para siempre. Pasamos con el corazón encogido junto a la excavadora que despeja los escombros. Goma 2. El nombre tiene regusto televisivo, a locutor con cara de circunstancias que excita la sensibilidad de la gente hablando de los muertos habidos, futuros, posibles y probables. A telediarios muy sensibles a la hora de condenar acciones contra el Estado. Pero el Estado tiene policías que matan y encarcelan a quienes osan atacarlo, y la naturaleza no responde, no tiene con qué defenderse. Al menos por ahora.

Luego las palabras no transmiten el sentido real de lo que quieren significar. Una cosa es leer en cualquier nota de prensa la denuncia de un grupo ecologista:

"La Xunta de Galicia pretende asfaltar una pista de 20 km. entra Cabo Vilan y Camelhe que atraviesa  zonas prácticamente vírgenes, como el Cabo Tosto y la Praia do Treze. La carretera provocará una afluencia masiva de vehículos, lo que apresurará la degradación y destrucción de una de las últimas zonas vírgenes del litoral gallego. La obra es tanto más innecesaria cuando que este recorrido no une ningún núcleo habitado, puesto que Camelhe y Camarinhas ya cuentan con comunicaciones más rápidas por el interior..."

y otra ver y palpar la herida abierta, olfatear el olor del explosivo y darse cuenta de que no sólo es  una destrucción sin precedentes, sino que encima las instituciones tiran tontamente el dinero en una zona cuyo hospital más cercano es Coruña (88 km.) y donde muchas aldeas no tienen aún agua corriente. Oscuros intereses a la sombra del poder.

Dejamos atrás todo aquello. Durante el camino oiremos dos o tres explosiones más. Milenios de cultura no han ocasionado destrucción semejante a la de los últimos cincuenta años. Es nuestro último día de viaje. Desde lo alto contemplamos los arenales de Laxe con la sensación de ser la última vez que los vemos así. No puede haber pena más grande en este mundo.
 
 
 

Vivido en julio de 1992
Escrito unas semanas más tarde
Pasado por primera vez a letra de imprenta en septiembre de 1999